Un tejado de pizarra sin un aislamiento adecuado convierte las plantas altas en un horno en verano y en una cámara de frío en invierno. Aunque la pizarra aporta cierta inercia térmica gracias a su masa y espesor, apenas logra frenar por completo las transferencias de calor. Un sistema aislante bien diseñado actúa como barrera, reduciendo pérdidas y ganancias térmicas: atenúa las oscilaciones de temperatura, impide que el calor excesivo penetre en verano y que el frío se infiltre en invierno, y estabiliza el ambiente interior durante todo el año. Este control térmico se traduce además en un consumo de calefacción y aire acondicionado mucho menor, con ahorros energéticos de entre el 20 % y el 35 % en climas extremos, lo que amortiza sobradamente la inversión en materiales y mano de obra.
Existen tres enfoques principales para aislar un tejado de pizarra. El aislamiento por el interior consiste en colocar lana mineral o paneles rígidos entre las vigas o dentro de un bastidor, rematando con un trasdosado de yeso o tablero; es ideal en rehabilitaciones y no afecta la fachada, aunque reduce algo el espacio interno y requiere una barrera de vapor para evitar condensaciones. El aislamiento por el exterior, ya sea en sistema sándwich—donde el aislante se fija sobre el tablero antes de la pizarra—o en sarking—con panel rígido bajo rastreles que integra capa térmica y ventilación—asegura continuidad térmica sin restar metros útiles, siendo perfecto en obra nueva. Por último, los tejados ventilados incorporan una cámara de aire formada por rastreles separados, que facilita la circulación de aire para evacuar humedad y calor; en este caso, se coloca la barrera de vapor bajo el aislante y un geotextil transpirable sobre él antes de instalar la pizarra.
Antes de comenzar con el aislamiento, inspecciona detenidamente vigas, rastreles y soportes, sustituyendo cualquier elemento dañado y comprobando que la pendiente cumple el mínimo exigido (al menos 25 %) para garantizar un drenaje correcto y un anclaje seguro de la pizarra. A continuación, instala la lámina de barrera de vapor en la cara interior de la cubierta, solapando cada tira unos 10 cm y sellando con cinta específica para evitar que la humedad interior condense en el aislamiento y dañe la estructura. Finalmente, fija el material aislante —ya sean mantas de lana mineral, paneles rígidos o sistemas sándwich— a la estructura o sobre el tablero existente, monta los rastreles si procede y coloca un geotextil transpirable antes de rematar con las pizarras siguiendo la técnica habitual.
Un tejado bien aislado puede reducir hasta un 35 % la demanda de calefacción y refrigeración, lo que en una vivienda tipo supone ahorros de entre 300 y 500 € anuales, según la zona climática y el coste de la energía. Esta mejora en la eficiencia se refleja inmediatamente en la etiqueta energética del edificio, permitiendo pasar de calificaciones D o E a niveles B o incluso A, lo que no solo reduce el consumo, sino que incrementa el valor de mercado de la propiedad. Además, en España existen ayudas estatales y autonómicas —como el Programa PREE o los fondos Next Generation EU— que cubren hasta el 40 % del coste de las obras de rehabilitación energética, acelerando el retorno de la inversión y apoyando la transición hacia cubiertas más sostenibles.
