La pizarra natural es muy resistente al agua, al viento y a los cambios bruscos de temperatura, lo que se traduce en una vida útil que supera los 100 años en muchos casos. Además, su apariencia atemporal y tonalidades oscuras aportan un aspecto elegante y señorial a la cubierta. Desde el punto de vista de la sostenibilidad, la pizarra es un material 100 % natural y reciclable, cuya extracción y proceso generan menos emisiones que la fabricación de tejas cerámicas o metálicas.
Si comparamos la pizarra natural con otros materiales como pueden ser, la teja cerámica, la pizarra ofrece mejor aislamiento térmico y menor mantenimiento, pues no sufre fisuras con el hielo ni necesita tratamientos periódicos. En comparación con la chapa metálica, la pizarra es menos conductora del calor y reduce los picos de temperatura en el interior, lo que ayuda a disminuir la demanda de climatización. Aunque la inversión inicial puede ser algo mayor, el coste anualizado baja al considerar la durabilidad y el ahorro energético.
Destacamos dos tipos, la pizarra natural se extrae de canteras y ofrece vetas y tonalidades únicas, mientras que la pizarra sintética (o compuesta) está fabricada con residuos de pizarra y resinas, resultando más ligera y de instalación más sencilla. La elección dependerá del presupuesto, el peso admitido por la estructura y el acabado estético deseado.
Para fijar las pizarras se instalan rastreles horizontales (listones de madera tratada o perfil metálico), que crean la parrilla de soporte. Los clavos o grapas deben ser de acero inoxidable para evitar corrosión. Los remates en cumbrera, limatesa y aleros garantizan la impermeabilidad en puntos críticos y se complementan con chapas metálicas y abrazaderas especiales.
Antes de colocar la pizarra, inspecciona minuciosamente la estructura del tejado: vigas, rastreles y tablero. Sustituye cualquier elemento dañado, podrido o con signos de humedad. Verifica que la pendiente sea la adecuada (mínimo 22–25 % en pizarra natural) y que la estructura resista el peso adicional de las placas.
A continuación, instala la barrera de vapor por el interior de la cubierta, solapando cada tira al menos 10 cm para garantizar la estanqueidad. Sobre ella, despliega el fieltro geotextil impermeable y fíjalo con grapas cada 30–40 cm; este sistema doble evita filtraciones y protege el aislamiento térmico e higrotérmico de la vivienda.
Por último, utiliza un nivel láser o un cordel para marcar líneas de referencia paralelas a la cumbrera, separadas entre sí unos 30 cm (la medida estándar de las pizarras). Estas guías te asegurarán una instalación perfectamente alineada, con el solape mínimo exigido y sin desviaciones en las hileras.
Comienza anclando los rastreles o listones horizontales a la estructura con tornillos o clavos estructurales, siguiendo las líneas de referencia previamente trazadas y comprobando la planimetría con un nivel para evitar irregularidades que puedan acumular agua. A continuación, coloca la primera hilera en el alero: sitúa cada pizarra con un solape de 10 cm sobre el borde para garantizar un correcto desagüe y utiliza piezas de mayor espesor en esta zona para resistir impactos y el flujo directo de agua.
Una vez asegurada la base, instala las pizarras intermedias superponiendo cada teja al menos 6–7 cm y dejando un hueco lateral de 1 cm para la dilatación térmica; fija cada pieza con dos clavos de acero inoxidable en la parte superior, evitando el área de solape. Al llegar a encuentros críticos —cumbreras, limatesas y canalones— coloca los remates: en la cumbrera, medios tubos de pizarra o perfiles metálicos sellados con mortero hidrófugo; y en limatesas o chimeneas, planchas de plomo o zinc para asegurar la estanqueidad.
Para terminar, recorre toda la cubierta y ajusta o sustituye las pizarras sobrantes o desplazadas. Usa de nuevo el nivel (idealmente láser) para verificar la alineación longitudinal de las hileras y comprueba que todos los solapes cumplen con las medidas recomendadas, garantizando así una instalación firme, estanca y estéticamente uniforme.
Realiza cada 2–3 años una limpieza suave de la cubierta para eliminar musgo y líquenes: emplea limpiadores específicos y un cepillo de cerdas blandas, evitando la presión directa del agua que podría dañar la superficie de la pizarra.
Tras episodios de lluvia fuerte, viento o nieve, inspecciona las fijaciones (clavos y rastreles) y los remates metálicos de cumbreras, limatesas y canalones. Ajusta o sustituye de inmediato cualquier elemento suelto para prevenir filtraciones y daños estructurales.
Si detectas pizarras agrietadas, rotas o desplazadas, extrae cuidadosamente los clavos antiguos y reemplaza la pieza dañada siguiendo el mismo ángulo y solape que las adyacentes. Para reforzar la protección, aplica cada 5–7 años un tratamiento hidrófugo en superficie: esto repelerá el agua y la suciedad, facilitará las limpiezas futuras y optimizará el comportamiento térmico y la durabilidad de tu tejado.
